SOBRE NO SABER QUÉ DECIR

A veces lo más difícil del duelo no es el dolor.
Es el silencio que lo rodea.

Ese silencio incómodo que aparece cuando alguien no sabe qué decir.
Cuando las palabras se quedan cortas.
O cuando parecen demasiado grandes.

Las personas no saben qué decir.
Y quien está en duelo tampoco.

Se buscan frases que alivien, que expliquen, que ordenen.
Frases que hagan que todo tenga un poco más de sentido.
Pero muchas veces… no existen.

Y entonces aparecen los intentos.
Las palabras bienintencionadas.
Los “todo pasa”, los “tienes que ser fuerte”, los “el tiempo lo cura todo”.

Pero el duelo no siempre necesita eso.

He aprendido —a través de mi propia experiencia y acompañando a otras personas—
que no siempre hace falta una frase correcta.

A veces basta con una presencia tranquila.
Con alguien que se siente al lado.
Que no tenga prisa.
Que no intente llenar el silencio.

Alguien que no quiera arreglar lo que no se puede arreglar.

Porque el duelo no es algo que haya que solucionar.
Es algo que necesita ser habitado.

El duelo no necesita respuestas rápidas.
No necesita explicaciones perfectas.

Necesita espacio.
Espacio para sentir.
Espacio para nombrar lo que duele.
Espacio para no saber.

Y el espacio…
cuando es verdadero, cuando es sostenido con presencia y respeto…
ya dice algo.

A veces lo dice todo.