Cuando lo invisible da miedo
Hay algo que observo con frecuencia cuando hablo de mediumnidad.
El miedo.
No siempre se expresa de forma directa.
A veces aparece como incomodidad, como duda, como una cierta distancia.
Y es comprensible.
Vivimos en una sociedad donde lo que no se ve, lo que no se puede medir o explicar fácilmente genera desconfianza.
Nos han enseñado a confiar en lo tangible, en lo lógico, en lo que se puede demostrar.
Y todo lo que queda fuera de ese marco, muchas veces se percibe como extraño o incluso como peligroso.
Pero la mediumnidad, tal y como yo la vivo, no tiene que ver con lo espectacular.
Ni con perder el control.
Ni con algo ajeno a nosotros.
Tiene que ver con la sensibilidad.
Con la capacidad de percibir más allá de lo evidente.
Con una forma de atención más fina, más abierta, más disponible.
Es, en realidad, algo profundamente humano.
Sin embargo, el miedo aparece.
Miedo a lo desconocido.
Miedo a equivocarse.
Miedo a abrir algo que no sepamos cerrar.
Y, en el fondo, quizá el miedo más profundo es este:
el miedo a descubrir que la vida es mucho más amplia de lo que pensábamos.
Pero acercarse a la mediumnidad no implica creer ciegamente en nada.
Implica, más bien, explorar con respeto.
Con calma.
Sin forzar.
Desde un lugar consciente.
La mediumnidad no es un espectáculo.
No es algo que venga a imponerse.
Es una posibilidad de percepción.
Una forma de relación con la vida y con lo invisible.
Y como todo lo que es verdadero, no necesita ser forzado.
Solo necesita ser mirado sin miedo.
O al menos, con un poco menos de miedo.
Quizá no se trata de dejar de sentir miedo,
sino de atrevernos a mirar un poco más allá de él.